«Me retiré, vislumbrando entre la neblina el cerrojo de la puerta. La toalla ciñendo mi piel, que parecía un óleo abstracto de tonos carmesí, mis músculos se sentían como tocar un almohadón de terciopelo, dado el masaje que el agua les había proporcionado, y mi cabello caía como el espumoso algodón coronando mi cintura. Mi reflejo se veía, tal como nuestras aspiraciones y emociones, a la espera de ser definido.
 Las pisadas, levemente inciertas, llevaban al dormitorio, donde mi curvilínea libertad se enmarcaba en la tersa lencería negra.

 20:45 h. ‘Ha llegado el momento de no disuadir más lo inevitable’, me dije, mientras sostenía un jugo, que se turbaba semejante a un río al atardecer arrojándole piedras, aunque mi disconforme paciencia se amortiguaba con su gusto dulce y fresco. Es bien entendido, que la templanza es una virtud que apareja la victoria de quién sabe empuñarla».

Fragmento del tercer cuento de la Trilogía de la manzana.

Por: Aris Anastasia -Aris Writer-

 

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