El comienzo del final.

  Le acalla, en sus manos, la felicidad. María Pía es del sur de Italia, de un pueblo pequeño, donde las flores parecen pintadas coloridamente a mano por niños. Pero el asfalto ha llegado para exiliarlas de a poco con su apático gris. Hace un tiempo que la contadina (como le dicen sus nuevos compañeros), se encuentra en la Capitale del asfalto culminando sus estudios de arquitectura.

 Se detuvo su altisonante chismorreo mental que, día a día, contenía debajo del mismo suéter a cuadros café y beige, escote en v, y una camisa rosa pálido que asomaba las puntas de su cuello a los costados, como queriendo escapar; cuándo observó incrédula la increíble noticia que había leído.
Llevaba una pesada mochila de jean cosida por su abuela (su modesta coartada), albergando las consecuentes decisiones de las miles de tardes que ya no quiso salir a jugar. Los championes le chillaban, mientras seguía caminando por las mismas veredas en las que ayer también le chillaban. Su pelo rizado parecía enfadado con su desapercibida presencia,  cada tanto le molestaba cosquilleando en su nariz. Pero en el momento en que la nueva notificación dejó de titilar incesantemente, todo se paralizó: las carcajadas de sus ex compañeros, el chillido inconformista, sus rizos rebeldes. Ahí observó que sus manos sudaban, su aliento tembloroso empañaba la pantalla, entre tanto, por su cuerpo le recorrìa un orgásmico frenesí que jamás soñó experimentar.

 Esta vez, el correo no era otro de los muchos que le llegaban a diario, con promociones inverosímiles para comprar el cambio de su vida ¡Realmente era el cambio de su vida! La muchacha musitó estas mismas palabras, mientras la modernidad le rodeaba en slow motion, su pueblo, sus padres, su inminente título… su legado, su incipiente emancipación a todos los sueños que soñó en desvelo. Vió su nuevo mundo en el reflejo de sus cejas arqueadas como dos sonrisas invertidas y sus pupilas dilatas, vidriosas, destellantes de alegría. Se juró a sí misma los nuevos comienzos, la cartera de cuero, los Stiletto dignos de una portada de Vanityfaire, las revistas con las fotos de sus obras, y la rezada felicidad…
Su palpitar le replicó incesantemente la dicha que le resonaba en el alma. Sorpresivamente, boca abierta, intentó reproducir algún ahogado sonido, y todo el reflejo quedó paralizado en aquella pantalla.

 Su cuerpo se desplomaba en su momento cúspide de regocijo e idealización. Las fallas cardíacas son letalmente propensas sobre los 18 a 25 años.

 Por: Aris Anastasia -Aris Writer-

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