Me recosté abrigada por los destellos que trae tu insomnio, que avivan fulgurantes cada momento que mi imaginación recrea. Así, le plasmo pinceladas que nunca te he nombrado… pero que aguardo, romántica, el momento osado de realizar estas fantasías pasionales, de proponerte la noche vestida de todos los matices del fuego. 

Las velas encendían un aroma embriagador de vainilla y canela, el cual generaba la atmósfera magnífica para distenderme más aún.  Recreaban o querían recrear tu perfume, tu encanto… aquel que me pierde, o hace que me pierda, en ti. 

Me desabroche una mueca libertina que encauzó la liberadora expresión de mis curvas, ellas se acomodaban al sentir de mis palmas exploradoras. Mi cuerpo se extendía como terciopelo desnudo entre la suave blancura del algodón. 

Sometida a estas imágenes deseaba hacerme al flujo desencadenado de toda racionalidad. Tu boca estaba allí, sedienta de la mía. Sentí cada grieta de tus labios haciéndose paso por cada poro de mi piel, deslizándose desde mi cuello, entre planicies y ondulaciones de picos pronunciados en los que sentía tu lengua posarse varios instantes, para luego continuar… deteniéndose en la llanura costera que te aguardaba, para verte sumergir en su río cálido. 

 

Solo te dejabas llevar, y lo hacías espléndido… toda mi piel te respondía, mis piernas te respondían, contorneándose de goce. 

–Aaahhh… –retumbó un gemido que provocó a tus dedos aferrarse en mis nalgas.  

 

No te contenías, ni por un respiro, buceabas en busca de todas mis profundidades, y yo tampoco pude hacerlo, por mi garganta fluía un caudal regalado como cáliz bendecido, de una entrepierna que me empapaba el rostro. Mis ojos buscaban con mis manos sus pechos, sus pezones, y los abarcaban mientras escuchábamos sus enrojecidos gemidos. La acústica adictiva se impregnaba en cada movimiento que hipnotizaba mis pupilas, la perfecta redondez que amenazaba asfixiarme lograba, que más aún, tu tuvieras de mí para beber.  

Embestiste en mí, irrumpiendo en mis olas, que sin resistencia te inundaban. Chocábamos una y otra vez, como lo hacía tu mirada entre nosotras. Sobre mis dedos sentí la humedad de tus labios succionando con intensidad sus erguidos pezones. Ella entornó su espalda hacia delante, permitiendo que toda tu cara quedara envuelta en medio de sus grandiosos pechos, que se ofrecían a ser devorados.   

Ahora, el vaivén frenético que impulsábas con toda tu masculinidad, ayudaba a extasiarme de toda su maresía femenina, y a que mi instrumento fónico lograra su cometido: atragantarme con todo su delicioso placer entregado. Ella, estacada en mi boca completamente abierta a ella, masajeaba con furia mi busto, mientras la penetraba mi lengua.  

Nos encontramos en el palpitar estremecido que exhala la cúspide de esta vehemencia, se vociferaba a tres voces, a tres campanadas abiertas que extinguían su sonido. Quedamos eclipsados, con la noche ardiente, la luna roja y vos.  

 

Expresivas pinturas al óleo capturan la energía de la vida urbana

Arte realizado por el talentoso Jacob Dhein

 

 

 

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